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domingo, 19 de julio de 2015

La Hermosa Jarifa





José Urbano
Para Lugares Comunes
Una mirada distinta hacia los musulmanes, basada en la experiencia personal del autor y en la toma de conciencia sobre la ignominia que supone el bombardeo constante de mensajes tendenciosos a través de los medios masivos de comunicación.
No suelo hablar sobre mi creencia —o querencia— por considerarlo algo perteneciente al reino de lo íntimo y que, por tanto, hay que saber reservar. Algo parecido al secreto de alcoba, que debe quedar para deleite de uno mismo y que si se desvelara, además de vulnerar las más elementales reglas de la elegancia, el interlocutor podría soltar, y con toda razón, aquella grosería tan española de «¡Y a mí qué me cuentas!». Y, claro está, aquí no haré una excepción, pero esta ocasión es bien diferente. Al llamarme mi gran amigo Colin para proponerme que escribiera algunos párrafos sobre el tema islámico, entendí que era el momento oportuno para esbozar algunas reflexiones al respecto, habida cuenta de la actualidad de la que “goza” dicha temática. Es para mí, además, un honor y un placer hacerlo para Lugares Comunes.

Cuando los poderosos medios de comunicación, tan obedientes a la voz de su amo, se lanzan a fabricar un estereotipo de algo —una persona, un colectivo o una idea— conocen la facilidad que hallarán en la empresa, sabedores de que la inmensa mayoría de las personas se maneja únicamente con la información que ellos les proporcionan. No voy yo a descubrir ahora la potentísima herramienta que tienen en sus manos los que dirigen el mundo, especialmente en el caso de la televisión, como medio masivo que se cuela en las casas de todo el planeta con el mensaje oportuno: lo que diga el telediario es verdad, lo que no salga en el telediario no existe. El espíritu crítico suele anidar solo en una minoría, en una élite insignificante, pues todo está basado en una cuestión cuantitativa, no cualitativa. Y es más, quien ose levantar su voz disidente será ninguneado, en el mejor de los casos, o denostado calificándole como iluso o demente.

Lo anterior viene a cuento porque es obvio que el llamado nuevo orden mundial, el perverso sistema que se está tramando, necesitaba un enemigo para autolegitimarse. Y ese enemigo es el Islam. Aunque en este caso no es algo nuevo, pues desde prácticamente su nacimiento fue señalado como el antagonista, el otro, por ser el único sistema de valores —dîn, en transcripción fonética del árabe, que en Occidente se ha traducido por religión— capaz de defender la igualdad de las personas y sus derechos civiles, que promueve la búsqueda del Conocimiento y la decencia, más allá del «tanto tienes, tanto vales» del modelo judeocristiano imperante durante siglos.

Haciendo un poco de historia, hay que decir que el Islam no es algo estático, inamovible, sino un sistema permeable que se aclimata al lugar donde se implanta. No se conoce un sistema ideológico cuya expansión fuera tan rápida como el Islam, que en setenta años se había establecido en más de medio mundo, llegando hasta China por el Oriente y al Magreb por Occidente. Aunque su origen fue árabe, su desarrollo fue planetario, razón de la pluralidad de la que siempre ha gozado. Prueba de este sincretismo con el lugar de acogida es Al-Ándalus, un magnífico paradigma del mestizaje entre el Islam y la población meridional de Hispania, cuyo carácter imaginativo y sensual dio pie a una de las civilizaciones más maravillosas del mundo, de la que es tributaria la sociedad occidental de hoy a través de sus avances en lo político-social, en el ámbito científico o del pensamiento.

El sistema nacional-católico instaurado por los Reyes Católicos dio un mal paso, a mi juicio,  cuando se empeñó en extirpar de nuestro suelo cualquier rasgo de islamismo. En 1609, un rey inepto —Felipe III— y su valido corrupto —el infame duque de Lerma— promulgaron la fatídica ley para la expulsión de los moriscos; es decir, la expropiación de sus bienes y el destierro de casi medio millón de ciudadanos españoles de pleno derecho, que solo consiguió desnaturalizar la identidad española a base de falsedades. A falta de periódicos y televisión estatal, el régimen de la época se gastó un pastizal en comprar a un enjambre de escritores y cronistas afines para que dieran en sus obras una versión que justificara aquel brutal genocidio. Como vemos, el soborno de los medios de difusión no es algo nuevo.

Decía el insigne Francisco Márquez Villanueva, profesor de Literatura Española en la Universidad de Harvard, uno de los mejores cervantistas del mundo y, a mi modesto entender, una de las mentes más brillantes del último siglo, que «Boabdil era tan español como Isabel la Católica». Ni que decir tiene que tal afirmación sigue levantando ampollas entre los defensores de la patria católica, pero sucede que es la pura verdad.

Pues bien, el perverso sistema imperante, tras siglos de colonización a los países islámicos, durante los que esquilmaron sus riquezas y adulteraron sus valores, sigue empeñado en ofrecer una imagen del musulmán como un ser bárbaro, traicionero, sanguinario, etc., para lo que no han escatimado esfuerzos de toda índole. No obstante, la llave maestra la descubrieron estos farsantes al acuñar el término terrorista. Desde que descubrieron la palabra mágica, la emplean en los medios cada vez que les interesa, sabedores del efecto que causa en la población, ya adoctrinada para posicionarse sin pensarlo siquiera. Y como la maldad de esta gentuza es infinita, no se arredran ni siquiera a la hora de cometer actos de falsa bandera y atribuirlos a los fanáticos musulmanes, como fue el caso del atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, donde sacrificaron sin el menor escrúpulo a más de cuatro mil personas —de  “los suyos”— para legitimar su imposición de absoluto control sobre la población mundial. Así se las gastan.

Y si algún día conocemos lo que hay detrás del llamado Estado Islámico y esos aparatosos vídeos con ejecuciones en vivo, o lo realmente sucedido en París con aquella espantosa teatralización en la sede de la revista Charlie Hebdo, nos daremos cuenta de la gran patraña que nos quieren meter doblada. Esos no son musulmanes ni así actúan los musulmanes. Que pregunten al lobby sionista o a las siete familias que dominan el mundo. O a los del Club Bilderberg. Ellos quizá tengan una explicación de tanto terrorismo. No me creo nada, así lo promulguen cien veces  al día en todos los telediarios del mundo. Pero cada quien es libre para creer lo que crea oportuno y actuar en consecuencia. Faltaría más.

Llegados a este punto, he de decir que no soy un tipo religioso tal como se concibe aquí y ahora. Quizá sí sea bastante espiritual, pues nunca me motivó lo material ni lo aparente, y también me atraen de forma poderosa las tesis humanistas. Viviendo en una sociedad tan materialista, en un momento determinado me sentí abocado a la búsqueda de un camino que diera rienda suelta a la transcendencia vital que anhelaba, si no quería correr el riesgo de acabar varado en los márgenes del sistema.

Cuando descubrí el Islam, en carne propia, no de oídas, allá por 1984, tras una primera juventud esplendorosa según los parámetros al uso, sentí como si regresara al estado que nunca debía haber abandonado. Me encontré de repente con un universo lleno de matices inusitados, que, estando ahí, no era capaz de percibir.  Y lo que ocurrió en Andalucía, la colorista, la sensual, se transfiguró en una auténtica explosión de vida durante mi primer periplo por Marruecos, a donde viajé ya de continuo y donde acabé instalándome y formando mi familia. Aquello fue un innegable viaje iniciático —título que adopté para uno de mis primeros relatos cortos—, donde, tras la pobreza material, encontré todo un mundo lleno de valores que me recordaba a otras épocas del hombre, intemporales y fantásticas. Detrás del aparente caos reinante descubrí cómo eran los vínculos familiares, el respeto a los mayores, el respeto a la madre, a la mujer, la solidaridad, la hospitalidad, la elegancia personal, la generosidad, la espontaneidad, la risa de la infancia, la humildad, la belleza, el gusto por la vida y otras muchas cosas que me siguen emocionando al evocarlas. Habiéndome despojado antes de todo lo material —salvo mi entrañable Citröen 2 cv amarillo mimosa, que era como mi caballo—, sin un duro en el bolsillo, descubrí en Marruecos una nueva forma de interrelación, que me enriqueció para siempre. Fue, sin lugar a dudas, la mejor época de mi vida, mi época dorada. ¡Cuán diferente es el mundo de la apariencia y el de la realidad!

No pretendo con este relato proyectar una imagen idílica del país vecino, aunque para mí lo fuera en aquel momento. En todos los sitios hay de todo. En todos los sitios encontraremos seres viles, envidiosos o corruptos, algo consustancial a la condición humana. Y sería un ingenuo si no fuese consciente de las graves carencias económicas y sociopolíticas que sufre la clase media marroquí. Hablo más bien del estado anímico de la gente ante la vida, sea esta cual fuere, y de cómo enfrenta la cotidianidad inmersa en el universo de dificultades que siempre rodea la existencia de las clases humildes.

Después de haber vivido esta experiencia, me entristece sobremanera el trato que a veces se dispensa a los emigrantes que llegan a nuestro país. He sido testigo del trato ofensivo que algún energúmeno da a ciertos inmigrantes de tez oscura, desvalidos, desmoralizados en tierra extraña, haciéndoles creer de categoría inferior a la suya, sin pensar que pudiera ser, por ejemplo, un titulado universitario y el paisano que lo desprecia un pobre ignorante, sin formación de ninguna clase. Estas actitudes, que cualquiera de nosotros ha constatado, son especialmente sangrantes en un pueblo fruto de un mestizaje ancestral como es el español, donde en su identidad se hallan entreverados rasgos de mil culturas, a cual más rica.

A tenor de lo visto últimamente, no puedo sentir sino indignación por la feroz campaña mediática que se está fraguando. El ensañamiento contra lo islámico es atroz y se valen de las artimañas más rastreras. Vaya por delante mi opinión de que publicaciones como Charlie Hebdo no promueven la libertad de expresión, ni mucho menos, sino la irreverencia y la provocación; y debieran saber que hay límites que no es prudente traspasar, porque, además, no es necesario traspasar si nos ejercitamos en ese bello concepto llamado respeto en román paladino. Si la cosa va de la cacareada libertad de expresión, que lancen sus hirientes diatribas contra el Sionismo, por ejemplo, a ver qué sucede. No vayan a pensar que apruebo lo sucedido hace unos meses en la sede de esta revista. Ni borracho aplaudiré yo ningún acto de barbarie. Pero que no quieran convencerme de que aquella burda escenificación fue cómo la cuentan. Algún día quizá conozcamos el autor intelectual y el motivo de aquel acto propagandístico orquestado por las sombras tenebrosas.

Si una cultura que se cree dominante se dedica a ridiculizar a otra a través de sus medios de difusión, el resultado es el desprecio y la sospecha continua, la infamia y la vileza. Por el contrario, si se dedicara a confiar en los valores del otro, a respetarlos, obtendríamos  ejemplos preñados de cortesía mutua y de convivencia armoniosa como la Historia del Abencerraje y la Hermosa Jarifa, una bellísima novela anónima aparecida en pleno Renacimiento, correlato de los llamados romances fronterizos, y cuya lectura recomiendo de corazón. Yo no soy Charlie. Yo soy Abindarráez. Y a mucha honra.


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