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miércoles, 6 de abril de 2011

No hay un Stendhal menor


Retrato de Stendhal en 1840 de Johan Olaf Soedermark
conservado en el Museo Nacional del Castillo de Versalles

Por:Guillermo Altares06/04/2011 BABELIA - LITERATURA
En el centro de la ciudad emiliana de Parma, a pocos metros del Batisterio, una joya del arte medieval cuyo marmol rosado refleja una luz inolvidable al atardecer, se encuentra un pequeño jardín público. Allí dicen que Stendhal se sentaba a escribir una de sus novelas más famosas, La Cartuja de Parma, y en uno de sus muros una placa recuerda que allí situó alguna de las aventuras de Fabrizio del Dongo, concretamente el primer encuentro de amor con la bella Clélia. Resulta difícil separar la obra de Marie-Enri Beyle Stendhal (1783-1842) de Italia, no sólo porque haya dado su nombre al famoso síndrome provocado por el exceso de contemplación de arte sino porque se fogueó literariamente con sus viajes y crónicas del país transalpino. Dos editoriales españolas han rescatado en diferentes libros alguno de estos relatos: Vanina Vanini, que acaba de publicar Periférica, Los Cenci y La abadesa de Castro,ambos reeditados en Impedimenta. La primera reflexión que provoca la lectura de estos volúmenes es casi una obviedad: no hay un Stendhal menor. Su estilo, su capacidad narrativa, sobre todo para construir personajes, se encuentra tanto en sus obras maestras, la Cartuja o El rojo y el negro, como en estas crónicas italianas.

Enrique Vila-Matas, autor de un bello relato sobre la ciudad italiana, El viento ligero en Parma (Sexto Piso), recuerda una frase con la que Lampedusa describió el estilo del gran novelista francés: "Stendhal era capaz de resumir una noche de amor en un punto y coma". Manuel Arranz, prologuista y traductor de la cuidadísima edición de Vanina Vanini, recoge otras dos sentencias, que reflejan impecablemente la forma que tenía de enfrentarse a sus textos: "Despreciaba el estilo y pretendía que un autor había logrado la perfección cuando se recordaban sus ideas sin poder recordar sus frases" (Merimée) y "Mi idea del estilo es la del Código Civil" (del propio Stendhal). No es exactamente economía de estilo, es otra cosa: Stendhal representa la quintaesencia de la eficacia narrativa. Francisco Rico, en el prólogo de Los Cenci y otras crónicas italianas, escribe en el mismo sentido: "En Las crónicas, la descabellada fabulación romántica se vuelve poco menos que ciencia exacta por obra de la precisión del lenguaje, la austeridad de la narración y el ritmo implacable de los diálogos".
Estos tres volúmenes permiten asomarse a una de las narrativas más poderosas del siglo XIX. Diferentes entre ellos, tienen puntos en común más allá del estilo, del marco italiano y de la sutil ironía que asoma a veces entre sus palabras. Por encima de todas estas crónicas sobrevuelan los temas más cercanos a Stendhal: el amor y la ambición. "Si la locura fue grande, hay que decir también que Vanina fue completamente feliz. Missirilli no pensó más en aquello que él creía su deber de hombre: amó como se ama la primera vez a los diecinueve años y en Italia", escribe en Vanina Vanini.
Otra frase de Los Cenci no tiene desperdicio: "No hay que sorprenderse de que el introductor de la figura de don Juan en la literatura sea un poeta español. El amor ocupa un lugar destacado en la vida de ese pueblo; en ese país se trata de una pasión verdadera a la que se sacrifican, sin dudarlo, todas las demás e incluso, quién iba a creerlo, la vanidad. Lo mismo ocurre en Alemania y en Italia. Pensándolo bien, sólo Francia se ha librado completamente de esa pasión, que lleva a hacer tantas locuras a esos extranjeros: por ejemplo, casarse con una mujer pobre porque es guapa y porque uno está enamorado".
La finura en el estilo y en la ironía, la aparente sencillez de sus relatos, que poco a poco muestran recovecos y profundidades insospechadas: la fuerza narrativa de Stendhal es en cualquier formato una gozada, un viaje inolvidable.Ya se sabe, una lectura que no sólo está destinada a "the happy few".


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