Menú

jueves, 4 de marzo de 2010

¿De qué te lamentas?


A Nieves Soria
No sé qué tendrá esta plazoleta que atrae a tantos desahuciados de la vida. Quizás sea por estar ubicada justo delante de la puerta trasera del hospital. Con frecuencia tengo que venir a este viejo edificio, mil veces remodelado para ser adaptado a las nuevas exigencias de la fascinante evolución de la Medicina. Es como otra ciudad dentro de Granada. Cierto es que se aprecian las cicatrices y costurones de sus avatares, pero rezuma dignidad por los cuatro costados.
Un hospital, por su propia naturaleza, es un espacio para el dolor, claro está, pero también para el resurgimiento y la transformación. La muerte y la vida se alían en un baile agridulce, a veces frenético y a veces sosegado, para remover las conciencias de sus moradores. En este longevo hospital me sentí joven y anciano, amado y olvidado, bello y decrépito, pero sobre todo experimenté la comunión con otros pacientes que padecían lo suyo, postrados como yo en el lecho de angustia y desolación. La soledad que compartí en aquellos anocheceres con el campesino, el teólogo o el albañil me hizo un poco mejor persona. Nos unía el dolor, la incertidumbre y el azoramiento: la derrota.
Las numerosas ocasiones que he entrado por mi propio pie a ese recinto me he detenido a escrutar la plazoleta. Y siempre encontré aquí personas varadas en algún rincón, observando de soslayo el río humano que entra y sale del hospital. Unas con su tetrabrik de vino sutilmente enmascarado, otras con un cigarrillo requemando sus dedos, muchas con un perro agradecido a su vera, algunas con su colchón de cartones aún extendido… pero todas con la mirada perdida ante su propio naufragio.
Hoy era diferente. Quien estaba encallado en este banco era yo. El solecito primaveral de esta mañana luminosa no impedía que sintiera un terrible frío por dentro y por fuera, pese al chaquetón de plumas de ánade que enfundaba mis huesos. Me acababan de practicar una endoscopia que removió mis entrañas. A pesar de la agradable sedación, sentí cómo el largo macarrón serpenteaba por mis tripas. Llevaba unas cuarenta horas de ayuno, algo indispensable para el éxito de la prueba, pero no tenía hambre. Me encontraba en ese estado de decaimiento en que casi nada importa. Arrebujado, recité una breve oración en árabe.
Me vino a la mente la imagen de mis hijos. Se humedecieron mis ojos al rememorar la de pasos que anduve por ellos, y los desvelos durante su crianza. Tendrán exámenes u otras ocupaciones ineludibles. Quizás no están al corriente de esta cita. Al fin y al cabo se trata de un control médico rutinario, un mero protocolo desde que me fuera diagnosticada la enfermedad. Yo tampoco suelo airear mis cuitas, sino más bien tiendo a quitar hierro a estas cosas. Tengo esa dichosa manía de hablar siempre de lo grato, por lo que deduzco que los de mi entorno estarán satisfechos por lo plácida que es ahora mi existencia. También pienso en mis amigos. Parece ser que ninguno retuvo en la memoria este pequeño evento, programado desde hace tres meses. Bastante tiene cada uno con su propia batalla diaria. ¿Y las mujeres que me amaron? Bueno, en realidad están ahora comprometidas, algunas felizmente casadas. La gata que anda por mi patio porque le sirvo allí cada día su comida, quizás sí lo supiera. De hecho, cuando salí esta mañana maulló algo extraño, pero yo pensé que me pedía algo extra de postre, como de costumbre. De todas formas, tampoco era plan encaramarla a Zalamera, mi motocicleta, y traerla al hospital, pues hubiera sido más otra molestia añadida que un apoyo.
¡Pero bueno…, so triste! ¿Qué haces discurriendo en ese tono? ¿Todavía no sabes de dónde debes esperar ayuda y consuelo? No vengas ahora con sensiblerías baratas. ¡Vamos, hombre, en peores plazas hemos toreado!
Mientras navegaba por esas aguas, ausente, dolorido y sin fuerzas, pasó delante del banco una señora cuarentona acompañada de su hija, que tendría unos dieciocho años. Caminaban en dirección a la puerta del hospital. La joven, vestida a la moda, lucía un estudiado escote que dejaba ver —en realidad, yo diría que ofrecía generosamente— sus turgentes senos. En cada uno de sus oídos lleva incrustado un auricular por donde recibía la savia musical de un aparatejo de última generación, que hacía de saludable barrera entre su mundo y el de su vieja. ¿Qué de interesante le podría contar su madre? Ésta presentaba un lamentable aspecto de cansada, o tal vez de enferma, y la hija de contrariedad. La jovenzuela iba refunfuñando de manera ostensible. No pude evitar, para mi desazón, escuchar algunos fragmentos de su conversación:
—¡Siempre me toca a mí! Yo ya había quedado, y ahora tengo que fastidiarme.

—Pero hija… Llamaron esta misma mañana para adelantar la cita. Al cirujano le ha surgido un imprevisto y me pidieron, por favor, si podría venir hoy. No es por un capricho mío.

—¡Ya, claro! ¡Como aquí está siempre la tonta dispuesta…!
—Cariño, pero si sólo serán un par de horas, como mucho. Si no vengo hoy, ya no puede ser hasta dentro de un mes, y el dolor me está matando.
—¡Claro, como mis planes nunca son importantes…! ¿Por qué no se lo has dicho a papá para que él te acompañara?
—Carla, papá está trabajando. Y cómo están las cosas con los trabajos no es conveniente que pida otro permiso.
—¡Sí, claro! ¡Como está aquí la tonta de la Carla, que no tiene nada que hacer!
—Pero cariño, tú puedes ir en cualquier otro momento de compras. Las tiendas de ropa no cierran ni al mediodía.
—Pero Cristina sólo podía hoy, porque mañana se va a la playa. ¿Y esta noche qué me pongo? ¡Dios, qué asco, qué hartita estoy ya!

Cuando todavía estaba recomponiéndome de la gratificante conversación, pasa, en sentido contrario, otra peculiar familia. Se trata de un gañán de treinta y muchos años, con su barriguita, su chándal y sus deportivas de marca; con un pendiente en cada oreja, un tatuaje en el pescuezo y los pelos teñidos de rubio, de punta y salpicados de mechas de color castaño. ¡Todo un figurín! Va jugueteando con su hijo, de unos cuatro años, que anda pegándole patadas a todo lo que encontraba en su camino: un árbol, una papelera… lo que le pusieran por delante al niño. El vástago es la viva estampa de su padre. No le faltaban ni los pelos de pollo, ni las mechas, ni el zarcillo de oro. Para el tatuaje supongo que estaría esperando a que se pusiera un poco más grande, y que pudiera elegir el dibujo que le molara. A un paso detrás de ellos caminaba la señora, algo regordeta, con un semblante bastante más digno —creí que ella era la doliente—. Ignoro si caminaba detrás por una cuestión jerárquica o porque iba avergonzada.
—¿Has visto la tonta ésa que se quería colar?

—Sí —respondió la mujer.

—¿Y el medicucho, qué me dices?
—Bueno, el hombre quería decir…
—¡Gilipollas, el tío! Se piensa que porque tiene estudios me puede hablar como si fuera un paleto.
—No habló mal el hombre. Si nos habla con palabras de los médicos no nos enteramos, Antonio.
—¡Son unos listos! Con los aparatos que hay hoy día, va y me dice que el grano este puede ser por muchas cosas y que tienen que hacerme más “análises”. ¡Lo que pasa es que no tiene ni puta idea! ¡Yo no vengo más aquí!
—Pero Antonio… los médicos son los que saben de estas cosas.
—¡Yo no pierdo más el tiempo con éstos! ¡Yo…! ¡Le doy así…!

Yo sentía vergüenza ajena —creo que en los manuales de Psicología le llaman “vergüenza española”—. Siempre he observado que las personas menos instruidas, quienes menos aportan al acervo común de la Humanidad, en la Ciencia, el Pensamiento o el Arte, son las que profieren opiniones más concluyentes sobre el mundo que les rodea. Y las que más exigen. Al final, acaban culpando de todas sus miserias, y reclamando por ello, claro, al Estado o a la Ciencia. Al contrario que los más sabios, que siempre se expresan con prudencia y cautela. A propósito de esto, me vinieron a las mientes algunos detalles que leí hace tiempo sobre “La rebelión de las masas”, de José Ortega y Gasset.
Ya me iba apeteciendo tomar un café con leche y un bollo, pero estaba tan lánguido que no me atrevía ni a ponerme en pie. No era mareo, sino pura debilidad. Además, con la tripa tan limpia, quizás me sentaría mal, pero algo habría que meterle al cuerpo.
Hice un primer intento de incorporarme, pero me volví a sentar. Resolví esperar otro ratito.
Cuando acababa de retreparme de nuevo en el banco, pasa un anciano muy curioso. De mediana estatura, quizás más bien alto, delgado, iba bien vestido y de aspecto muy cuidado. Me llamó la atención que llevara puestas unas gafas de sol. Caminaba con lentitud, midiendo cada uno de sus pasos. Arrastraba con la mano izquierda un carrito, tipo trolley, con dos cajas de cartón apiladas, perfectamente cerradas y atadas con esmero con cuerdas; y en la derecha un cesto de mimbre que no dejaba ver su contenido pues había colocado, a modo de tapadera, un colorido pañuelo de estilo oriental, y una caja verde de plástico de las que se usan para transportar frutas. La caja estaba limpísima, sin el menor rastro de tierra o suciedad.
Pasó delante de mí y me saludó con una dulce sonrisa. Creo que había observado mi intento, sin éxito, de levantarme del asiento y le conmovió mi fragilidad. Por mi parte, sentí una repentina especie de solidaridad hacia aquel ser desconocido, esa conmiseración que suele aparecer ante los desamparados y los marginados: ¡Los olvidados! El anciano no hizo ademán de acercarse, y mucho menos de involucrarse en mi historia. Se limitó a vivir el momento y seguir, parsimonioso, su camino. Se dirigió a un rinconcito de la plaza y eligió otro banco, más resguardado que el que yo ocupaba.
Aprecié en él los rasgos de los que no tienen techo. No obstante, percibí con claridad que el anciano se esforzaba en ocultar su indigencia y su desarraigo. Reconocí en su porte una dignidad que le distinguía. Le observaba con el rabillo del ojo y allí permanecía, quieto, ausente de lo que discurre a su alrededor. De vez en cuando palpaba sus dos cajas y las ajustaba con sus finas manos, para cerciorarse de que estaban bien sujetas. Me embargó una gran tristeza.
Asaltó mi pensamiento la noticia de ayer sobre la muerte, de un cáncer de pulmón, de Antonio Vega, el atípico cantante y compositor de “La chica de ayer”, con quien tanto me identifiqué en mi juventud. Recordé la declaración de otro cantante, compañero suyo de grupo, que manifestó: “Llevaba toda la vida muriéndose, y no le hicimos caso”. Era un año mayor que yo. ¡Hasta luego, Antonio. Cuídate!
De repente sonó mi teléfono. Era Nieves. Se interesó por detalles, con precisión quirúrgica, sobre mi estado. Cuando le dije que me encontraba en la puerta del hospital, se alegró mucho porque su tardanza en llamarme había resultado efectiva. Conocía la hora exacta de mi cita, y durante la mañana evaluó las posibles contingencias y calculó los tiempos para no llamarme antes de lo debido —podría pillarme en plena penetración—, ni tampoco mucho después, pues quería darme ánimo, arroparme, y evitar que me sintiera solo en ese trance. ¡Qué alegría me dio! Mientras yo sufría lamentando mi solitud, existía una persona, aunque sólo fuera una, que yo sepa, que había pasado la mañana mirando su reloj y acompañándome virtualmente en ese viaje. Muchas gracias, amiga.
Ahora sí tuve fuerzas para trepar a mi moto y regresar despacito a casa. Añoraba mi confortable cama articulada, en el tranquilo refugio junto al olivar.
José Urbano Priego © 2010

1 comentario:

Anónimo dijo...

gracias amigo